Teatroteka

La memoria viva a un solo clic

Teatroteka

 

Desde 1971 el Centro de Documentación Teatral realiza una ingente labor como contenedor y conservador de los fondos audiovisuales, fotográficos, fonográficos y documentos impresos (carteles, programas) que tienen que ver con las artes escénicas de nuestro país. 200.000 fotografías, más de 5.000 grabaciones en DVD, 500.000 notas de prensa clasificadas y 18.000 libros es solo una parte del material que gestiona esta institución.

El próximo 29 de julio a las 13:00h. en el marco de la 39 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, se presentará Teatroteca, un nuevo servicio gratuito del Centro de Documentación Teatral que permite que el préstamo físico en DVD de grabaciones de obras teatrales, que hasta ahora venían realizando por vía postal, pueda ser realizado en línea, por internet. Son ya un millar de obras las que están a disposición de estudiosos, docentes, profesionales de la escena, pero también estarán al alcance de curiosos y amantes del teatro.

Teatroteca permite tener acceso a un excelente material audiovisual a cualquier hora, cualquier día, desde cualquier lugar del mundo, y facilita el acceso a todo un patrimonio teatral, y por tanto cultural. Significa volver a vivir los clásicos, aquellos de los que guardamos apenas un recuerdo de una luz, un espacio, el gesto de un actor. Pero también brinda la oportunidad de encontrarnos por primera vez con otras puestas en escena, aquellas que precedieron a algunas de las que hemos podido ver estos días durante el Festival. Navegando por su fondo, encontramos El alcalde de Zalamea, que en 1988 dirigió José Luis Alonso y cuyo reparto estaba encabezado por Jesús Puente y a partir de una versión del poeta Francisco Brines; o La Celestina que aquel mismo año dirigió Adolfo Marsillach y protagonizó Amparo Rivelles. La memoria viva de varias generaciones de hombres y mujeres de teatro a un solo clic.

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9ª Instantánea del cuaderno de creación de “Las harpías en Madrid”

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Foto: Archivo Las harpías en Madrid

“Por el amor la mujer lo arriesga todo y, sin temor ni vergüenza, se deja vencer por sus encendidos deseos. Más quiere la mujer placer presente que gozo advenidero.” Así lo escribió Juan de Flores (1455-1525) y así lo creen nuestros galanes, César Antonio (Paco Déniz) y Horacio Ventura (Juanan Lumbreras), que están a punto de recibir unas cuantas lecciones prácticas sobre igualdad de manos de nuestras harpías. Ambos personajes están inspirados en la llamada comedia de figurón y los dos magníficos actores que los encarnan han sabido llenar sus acciones de tanto humor y autoparodia como de humanidad, buscando ese lado frágil, vulnerable y, por qué no, también ridículo que, a su modo, todos tenemos.

 

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La dignidad de los olvidados

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Delante de la naturaleza virgen, el hombre se encontró frente al caos de la creación, un mundo que se hizo independientemente de su voluntad y que ahora le tocaba habitar. En la Biblia, Adán dio nombre a las plantas y los animales. Los biólogos fueron ordenándolos en grupos y subgrupos; y el vivir juntos fue asignándoles respectivamente sus sitios en lo que se llamó más tarde, “sociedades organizadas”. Levi-Strauss, cuando estudió a los indígenas del Amazonas, se dio cuenta que este patrón se repetía de manera bastante sorprendente, que no era una particularidad del “hombre occidental”: donde no hay orden hay caos, y cualquier orden es superior al caos. Muchas veces, el error está en creer que este orden no es artificial y que por lo tanto, nuestro nombre y nuestro sitio en el mundo están determinados y nos determinan, como si fueran una fatalidad que cae sobre el hombre, y contra la cual no hay gran cosa que se pueda hacer.

Sin embargo, mucho antes de ese famoso “la existencia precede la esencia” de Jean-Paul Sartre, en la lejanía del siglo XVII español, un escritor de vocación tardía dio a entender a sus lectores que los hombres nacían iguales, que vivir sin libertad, no era vivir, y que eran las acciones y no la casta ni el nacimiento, que otorgaban la verdadera nobleza. En todas las obras de Cervantes se lee este amor por la gente pequeña y las pequeñas cosas, por las minorías acalladas y olvidadas : siguiendo la corriente picaresca, el autor desplazó el foco de atención y regaló el protagonismo de sus novelas y comedias a los que eran entonces meros figurantes de la “Historia”, desde el perro Cipión hasta el rey Sancho, pasando por el hidalgo Don Quijote y la ilustre fregona. Cada hombre, mujer o animal que pasó por su pluma nos siguen hablando y su palabra sigue siendo válida y escuchada. El propósito de Cervantes: demostrar que la virtud, el honor y el valor eran cualidades universales, que se hallaban en todos aquellos que quisiesen desarrollarlas, fuesen pobres o ricos, hombres o mujeres, humanos o animales.

No hay que confundir su visión con una idealización de todas estas pequeñas gentes: sus pastoras, por ejemplo, no son cómo las de Arcadia, no hablan en alejandrinos, ni hacen rimas mientras se mueren de amor o desamor; son pastoras, de las que se podían ver entonces en los caminos con sus rebaños, con su manera de hablar y con sus coloquialismos; no por ello son menos dignas para Cervantes, de un trato respetuoso. Alonso Quijano, el hombre detrás de Don Quijote, ve a todas las mujeres como doncellas, independientemente de su clase social o sus hábitos. Con su realismo mordaz, el Quijote reconcilió un cotidiano que había sido apartado de la historia, con la literatura y el arte, y en el proceso, les dio un sitio privilegiado que no habían conocido en su tiempo: les dio un sitio en la memoria orgánica que creó su literatura.

 

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A través de las situaciones cómicas que crean estos encuentros con los personajes de la realidad del Siglo de Oro, Cervantes hizo pasar mensajes que ponían en cuestión prejuicios, ordenes sociales y hasta decisiones reales : en El licenciado vidriera, el joven licenciado se cruza con un labrador que alardea de ser cristiano viejo. Este se está colando delante de otro labrador, cuyo linaje es menos “prestigioso”. “Esperad, Domingo, a que pase el Sábado”, le dice con ironía el licenciado. Con humor, sí, pero Cervantes da en un punto sensible de la historia de España: reduciendo estas diferencias de linaje, al orden de los días de la semana (el sábado, día santo para los judíos, el domingo para los católicos), y pidiéndole así al católico de pasar después del judío converso, el Licenciado da la vuelta a las jerarquías que predominaban. Al menos en las páginas de sus Novelas Ejemplares, Cervantes reequilibró las balanzas y rindió un pequeño homenaje a aquellos que en la realidad sufrían de discriminaciones y malos tratos.

De manera más clara aún, la segunda parte del Quijote, nos encontramos con Sancho con un antiguo vecino suyo, Ricote, uno de los miles de moriscos expulsados en 1609. Este último ha vuelto a buscar el tesoro que había dejado enterrado en las que habían sido sus tierras (era una leyenda bastante común: los moriscos habrían escondido sus riquezas en territorio español, para volver algún día a por ellas). Hasta ahí, se podría pensar que Cervantes sigue la corriente de su siglo, mostrando un morisco avaro, dispuesto a volver a la tierra de la que fue expulsado para recobrar su dinero. Sin embargo, cuando el morisco cuenta su historia, la comedia se deja a un lado y la crítica entra en escena. Cervantes, a través de Ricote, explica como en otros lugares de Europa, en Francia, en Italia, pero sobre todo en Alemania, se recibe mejor que en España, aquellas personas que creen de manera distinta : “Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia”. Más de un siglo antes de la redacción de los primeros Derechos del Hombre y del Ciudadano, un antiguo soldado, un recaudador de impuestos encarcelado varias veces, ya hacía hablar a sus personajes, del concepto que pararía guerras de religión y que aún hoy tendría que ser recordado y alabado. Hace de Ricote, esta victima de la intolerancia religiosa de los reyes católicos, el portavoz de valores nobles y universales, aliando lo cómico con lo trágico, lo trivial con lo trascendental.

Cervantes compuso grandes obras para transmitir grandes ideas: fue su manera de luchar para que la humanidad fuese siempre un poco más humana, como dijo Nuccio Ordine, y un poco menos bárbara. Lo hizo encarnando todo esto en un sinfín de pequeñas cosas, en la multitud de personas que la historia olvida, pero que habitaron, vivieron, y a veces, hasta sufrieron sus episodios. Dándoles voz, grabando sus palabras en las páginas inmortales de sus escritos, les dio una dignidad y una existencia, que siguen emocionando y conmoviendo a lectores y artistas, y que siguen guiándonos desde su individualidad, su particularidad donquijotesca, cuando es nuestra razón la que flaquea.

 

Texto de María Ridao, estudiente en prácticas en el Festival Teatro Clásico de Almagro

Fotos de Vivian Maier 

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8ª Instantánea del cuaderno de creación de “Las harpías en Madrid”

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Foto: archivo Las harpías en Madrid

FELICIANA.   Mal reciben los hombres a las mujeres en su mundo.

LUISA.            Pues habrán de hacerlo, que su mundo ha de ser también nuestro o no ha de ser.

Fuertes y combativas, así son nuestras tres protagonistas, encarnadas por Nuria González (Teodora), Natalia Hernández (Feliciana) y Marta Aledo (Luisa). Y está siendo un auténtico placer ver cómo en cada ensayo componen y llenan de matices a estas tres mujeres tan distintas entre sí y, a la vez, unidas por un mismo objetivo: conquistar su lugar en un mundo que pretende dominar sus voluntades. Un mundo dibujado por la escenografía de Mónica Boromello a través de los misteriosos baúles que se adivinan en la imagen y que, advertimos, esconden mucho más de lo que parece…

 

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Por la belleza del gesto (¡Vive los clásicos!)

Hombre Moderno

“El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.”

Eugène Ionesco

            La pasividad aparente del espectador de teatro no tiene que confundirse con la real pasividad sofocante y soporífera del cotidiano; en realidad, no se tendría que hablar nunca de pasividad en el arte. Frente a un escenario, el cuerpo del espectador está quieto, tranquilo, y de cierta forma, recibe más de lo que da, es cierto. ¿Podemos entender entonces que en el teatro, salvo los actores, los técnicos y todos los que se encuentran detrás del coloso de la producción, los demás, los que vienen sólo a ver no hacen nada más a parte de eso? En este nuevo mundo, en el que los hombres sufren de una fiebre utilitarista, que todo lo que hacemos – lo que estudiamos, lo que leemos, hasta lo que comemos – tiene que servir para algo, ir al teatro podría parecer una gran perdida de tiempo. ¿Qué produce, hace o crea el espectador durante la representación?

 

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            Esta visión utilitarista contemporánea se extiende más allá del teatro, y contamina muchas veces el conjunto de disciplinas y de artes que componen las ciencias humanas. Por encima de ellas, se elevan hoy las ciencias dichas exactas y cátedras como las de derecho o economía, que tienen, al parecer, una relación directa con la realidad y con el mundo laboral que sucede a sus estudios respectivos. Se cree más en el pensamiento de sistema que presuponen esas materias, que en la reflexión peregrina que pueden transmitir las humanidades: el primero se puede aprender, la segunda se tendría que entender; en las humanidades además, el demonio de la subjetividad aparece y nos hace caer en un relativismo que paraliza la discusión. Sin embargo, si se habla con un matemático, un biólogo o un abogado, nos daríamos cuenta que hasta estas ciencias, esos conocimientos tienen escuelas y que, sin poder hablar de subjetividad, sí que hay distintas interpretaciones de una misma realidad. Unas líneas paralelas, por ejemplo, tendrían que recorrer juntas, pero sin juntarse, el mismo recorrido; sin embargo a partir del siglo XIX, con la geometría no euclidiana, ese postulado se pone en cuestión, y todo queda en entre dicho: una nueva realidad matemática se abre al análisis y a la interpretación, como el nuevo capítulo de una obra maestra.

            Salirse de lo conocido es como dar a un salto al vacío. Los ingleses tienen una expresión más evocadora, más rica: take a leap of faith. No saltamos al vacío sin razón, saltamos porque tenemos fe, porque creemos que caeremos, como un acróbata, de pie. Y este salto, esta fe, el mundo de lo desconocido en el que se aterriza, solo se pueden encontrar al margen de la relación utilitarista del sujeto con el mundo, huyendo de una comprensión directa de la realidad, sin mediadores. El arte, y en particular el teatro, con toda su maquinaria imaginativa, nos obligan a interponer uno de esos mediadores entre nosotros y lo que estamos viendo: para ver, hay que entender, y si no entendemos completamente, al menos hay que adherir a lo que se está viendo. Henri Gouhier, filósofo del teatro, explica cómo el espectador no tiene que creer lo que está viendo – sino ¿por qué no se levantaría a parar a Othello cuando mata a Desdémona, o a Romeo antes de que beba el veneno? –: el espectador tiene que hacer como si creyese. Ese “como si” lo cambia todo: esta pequeña partícula supone varias miradas que preexisten a las del espectador. Presupone la del autor, que ha mirado el mundo y ha intentado plasmar en el texto lo que ha retenido su atención, lo que valía la pena contar. Presupone también la del artista, que inyecta en el texto la actualidad de su cuerpo en el escenario, y le da voz, la suya. Cuando el espectador va al teatro, no solo va a ver una obra de Calderón, de Shakespeare, de Lope, va a ver todas estas subjetividades, estas individualidades expuestas y abiertas al público. Cuando vamos a ver El Alcalde de Zalamea, aquí en Almagro, no sólo es Calderón: son Helena Pimenta, Álvaro Tato y todo el reparto de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Calderón y lo que quiso mostrar sólo pueden verse por esos vectores, son nuestro acceso al siglo XVII y al mundo que representan, presentándonos su verdad de artistas e intérpretes.

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            Este juego de miradas cruzadas es un ejercicio de empatía y comprensión, un trabajo emocional y mental, es un proceso. Para decirlo de otra manera: el teatro no es un algo, es un como. El oficio de los que nos dan obras de teatro, no se concentra en la materia que se manifiesta en las tablas, no sólo; trabajan también en crear esa comunidad momentánea, que se basa en la capacidad de aceptar las propuestas que se lanzan de un lado y de otro: del autor a los actores, de los actores a los espectadores, de los espectadores a la obra. Es un momento de pura gratuidad y deleite, no sólo estético, sino también – si se nos permite – moral. Cuando uno se deja bañar en el arte, y salta al vacío, dejándose llevar donde la obra guíe, no puede salir indemne. La posición del espectador frente a la obra de teatro es demasiado única, demasiada intensa. Esta manera de mirar, distinta a la que se tiene todos los días, es uno de los aprendizajes del teatro: dejar de lado el utilitarismo, quedarse quieto observando, entendiendo, sintiendo algo que no es suyo, que no ha sentido uno mismo, para ser más que uno mismo. Al salir del teatro, a lo mejor, nos convertimos en Don Quijotes, disfrazados de Alonsos Quijano.

 

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Texto de María Ridao, estudiante en Prácticas en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. 

Gifs animados de http://un-gif-dans-ta-gueule.tumblr.com/

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7ª Instantánea del cuaderno de creación de “Las harpías en Madrid”

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Foto: Archivo Las Harpías en Madrid

Notas azules para las escenas que hay que revisar. En verde para las que hay que ampliar. En rosa para las que hay que acortar… Todo texto teatral es un proceso abierto que nunca se termina hasta que la obra se pone en escena. Por eso nuestro autor, Fernando J. López, anda siempre armado con un taco de post-its y un ejército de lápices para tomar nota de cuanto surge en los ensayos, trabajando codo con codo con nuestro director, Quino Falero. En el camino se ha contado, además, con la ayuda de especialistas en el Siglo de Oro, como José Carlos Menéndez, y se han sumado las aportaciones de los actores, siempre dispuestos a enriquecer sus personajes y a darles vida más allá de las páginas en que se dibujan sus palabras.

 

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¿Cervantes, nuestro contemporáneo? Acércate a Cervantes

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Cuando se dice, no sin cierta razón, que Cervantes podría ser nuestro contemporáneo, en realidad, se le está haciendo un flaco favor al genio del Siglo de Oro. Como si la calidad de una obra estuviese ligada al tiempo, y la permanencia de un autor y su obra fuese sorprendente cuando se le pone al lado del “progreso” que supuestamente ha conocido el mundo entre ese momento de creación y el momento de lectura. Pero a veces, el tiempo es solo eso, un avance cronológico, y lo que pasa entre un momento A y un momento B no conlleva connotaciones ni cambios mayores. Esos dos momentos, aunque neutros, son necesarios y sobretodo, existen. Acercar Cervantes a nuestro presente, arrancarlo de su época, sería pues eliminar una diferencia necesaria y existente. Si Cervantes escribiese su Don Quijote ahora, como lo muestra muy bien Borges, no querría decir lo mismo que la obra que conocemos hoy: las críticas serían otras, las problemáticas y demás cuestiones tendrían otros sentidos. ¿Qué querría decir escribir una novela de caballería en 2016?

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En el pequeño pueblo de Almagro, donde el Corral de Comedias cohabita con coches y terrazas de bares, hay una forma de respeto mutuo, una fina frontera entre lo que fue y lo que es. Son momentos que se reúnen el tiempo de una representación, de una exposición, y que cada año invaden las calles y los jardines del pueblo manchego. Aquí, se entiende la relación de Cervantes y su tiempo con nosotros: no son ellos que se acercan desde la lejanía del Siglo de Oro, somos nosotros los que salimos en su búsqueda. Que el escritor siga conmoviendo al artista que lo toma como inspiración, o haga reír al joven lector al que le hacen leer las Novelas ejemplares en el colegio, no quiere decir que sea “atemporal”. Eso supondría que lo que tiene aún que enseñarnos, el fino humor con el que lo hace, son lo suficiente abstractos, informes o bienpensantes, que han podido evitar arcaísmos y demás peligros del paso del tiempo. Sin embargo, lo que Cervantes dijo, lo que seguimos entendiendo, está lejos de ser puro concepto, una moraleja tan amplia, que nos permite seguir identificándonos con aventuras tan rocambolescas como las de Rinconete y Cortadillo.

Es mucho más, es todo lo contrario: Cervantes (y los otros grandes maestros de ese siglo, que le acompañan en esta 39 Edición del Festival de Almagro), consiguieron traer reflexiones de orden filosófico, social e histórico a la vida cotidiana de su tiempo, a la realidad palpable que se dibujaba entre las líneas de sus obras. Los entes que habitan esos universos concretos son el corazón de todas esas reflexiones: los hombres, mujeres de sus textos – esos seres mágicos – dialogan con nuestras experiencias y carencias, nuestros ideales y prejuicios, introduciendo un vínculo especial entre la ficción que representan y los intérpretes que somos. Las distintas producciones que animan este mes de julio el Festival, rinden cuenta de esta relación humana con el espacio literario clásico. Podremos ver distintas declinaciones del personaje de Dulcinea en la exposición Dulcinea, mujer inalcanzable, donde las miradas de los creadores exploraran los distintos sentidos que tiene hoy la distancia entre el Quijote y su amada. El licenciado vidriera saldrá de la escritura para proyectarse en el mural del artista Zësar Bahamonte, que traducirá en colores y formas la experiencia del objeto literario. Cada evento intentará aproximarse a esta herencia que nos ha dejado el Siglo de Oro desde un punto de partida distinto, desde una individualidad particular que supone un universo personal y actual de artista.

La permanencia de Cervantes entre nosotros es un trabajo que se tiene que llevar a cabo. Su obra no es algo que nos haya llegado de tiempos pasados y que solo tengamos que conservar: es una militancia por el arte, por la literatura, por la filosofía, por la historia… En Almagro, no militamos para que Cervantes se quede entre nosotros, sino para que siempre haya un canal abierto entre nosotros y sus enseñanzas, de nuestra época a la suya. Nuestra militancia es un viaje hacia sus obras. Dicho de otra manera, no es que Cervantes haya logrado escribir un texto tan universal que consigue hablar de nosotros a pesar de los cuatro siglos que nos separan, es que, aunque les pongamos nombres distintos, aunque no este en juego lo mismo, nuestras experiencias y carencias, nuestros ideales y prejuicios, siguen siendo los mismos que los suyos.

Texto de María Ridao, estudiante en Prácticas en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. 

Ilustraciones de David Merveille 

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¿Por qué no escuchar a los niños?

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Foto: Fundación Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro

El Festival está cerca de cumplir sus 40 años de existencia, una marca que refleja su calidad, el esfuerzo del equipo, reconoce el trabajo de los actores, directores, autores, y todos los profesionales involucrados en las ediciones que se llevaron a cabo desde que Almagro si convirtió en la ciudad del teatro clásico.