DICIEMBRE

Ponte otras gafas

Imagina que tuvieras que llevar los ojos vendados durante todo el día de hoy. Y que en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, fuese la que fuese, pudieses quitarte el antifaz y ver lo que te rodea. Párate un segundo e imagínate así tú día. ¿Ya te has imaginado sin visión durante todo un día? Bien. Pues ahora imagínate así durante todos los días de tu vida. Así es como se sienten las personas ciegas. Quizá sea cuestión de ponernos más en la piel de los otros e imaginarnos cómo es la vida de los que nos rodean, no tanto porque sean discapacitados o no, sino porque todos somos personas. ¿No será que quizá no haya tantas diferencias y que todos seamos capaces e incapaces para unas u otras cosas? Tal vez en este tema las palabras no se ajusten del todo a la realidad.

En ese caso, ¿es apropiada realmente la definición del término discapacidad tal y como la hemos conocido hasta ahora? Por regla general se suele hablar de personas discapacitadas cuando tienen alguna deficiencia relacionada con una parte de su cuerpo, un sentido concreto o un problema psíquico, es decir, una carencia física o mental (que no ética, emocional ni cívica, por ejemplo). ¿Pero son esas las únicas personas realmente discapacitadas? Porque, ¿no es acaso también incapaz una persona insolidaria, incívica, irrespetuosa para con los demás? ¿Acaso creemos, los que no sentimos una discapacidad física, mental o sensorial, que estamos fuera de sufrirlo? ¿Quizás no nos preguntamos lo suficiente sobre este tema porque resulta, más bien, incómodo? Mirémonos un poco al espejo y respondámonos a estas cuestiones  porque todo depende del prisma desde el que los quieras ver: las gafas que desees ponerte cada día.

Tal vez debamos despertar cada mañana, ponernos las gafas de la empatía y preguntarnos ante cada obstáculo -físico, psíquico o mental- de la vida diaria, si el que está a mi lado sería capaz de sortearlo o, si en un momento dado, podría no serlo como tampoco lo son otros. Si la respuesta es no, quizás debamos hacer algo por impedirlo porque los cristales de nuestras gafas, entre todos y para todos, pueden ser de otro color.

Un “Top Chef” Barroco 

 

Pesadilla en la cocina, Top Chef, Máster Chef… Los programas de cocina cuecen a fuego lento unos estupendos índices de audiencias televisivas en nuestro país desde hace un par de años. Y entre todos, los cocineros presentadores como Alberto Chicote, duros con los concursantes y sus reglas sobre lo que hacer o deshacer en la cocina, están a la orden del día. Pero, ¿creéis que esto es algo innovador? ¿Os sorprenderíais si os dijéramos que ya en el Siglo de Oro existían algunos cocineros con el mismo desparpajo y ganas de poner las cosas de la cocina en su sitio?

Francisco Martínez Motiño se vinculó a la cocina desde pequeño en el oficio de “galopín” cuya función era la limpieza de las diferentes estancias de las cocinas; convirtiéndose en un jefe de cocina extremadamente estricto: no toleraba desorden alguno entre los fogones y éstos debían permanecer impecables así como sus empleados. ¿No os recuerda esto a algún capítulo de Pesadilla en la cocina?
Nuestro Martínez Motiño fue cocinero de palacio atendiendo a lo largo de su vida a tres reyes: Felipe II, Felipe III, y Felipe IV. También se convirtió en un cocinero mediático gracias a Arte de Cozina, Pasteleria, Vizcocheria y Conserveria, impreso en Madrid en 1611 y que fue reeditado una y otra vez hasta mediados del siglo XVIII. El libro de Martínez Motiño con su recetario, sus reflexiones sobre organización e higiene en las cocinas y sobre protocolo constituye un auténtico homenaje a la cocina barroca de nuestro Siglo de Oro. Gracias a la descripción tan completa de sus preparaciones se pueden deducir los utensilios, las medidas, los ingredientes, las técnicas de cocción y hasta las costumbres de la vida cotidiana de ese momento.
Si bien en el prólogo Martínez Motiño declara que la razón que le ha impulsado a escribir es por “no haber libros por donde se puedan guiar los que sirven el oficio de la cocina y que todo se encarga a la memoria”; el libro también sirvió de instrumento a su autor para criticar duramente a Diego Granado Maldonado, el cual había publicado en 1599 su “Libro del arte de cocina en el qval se contiene el modo de guisar de comer en qualquier tiempo, assi de carne como de pescado, para sanos y enfermos y conualecientes, assi de pasteles, tortas y salsas como de conseruas a la vsança española, italiana y tudesca de nuestros tiempos”.  Martínez Motiño consideraba a Diego Granado un cocinero deleznable, extremadamente influido por el extranjero y encandilado por unas cocinas bárbaras e incomprensibles para él.

Igualmente, Martínez Motiño incluye en su libro instrucciones muy precisas para hacer y servir un banquete. Como si cada uno fuera un espectáculo protagonizado por un extenso reparto de perniles asados, hojaldrados de ternera, besugos y pollos rellenos.  Nos especifica el rol de cada uno de los empleados de la tramoya que es la cocina, de cada uno de los pajes encargados de hacer salir los manjares a escena en el orden y ritmo conveniente porque, como sucede en el teatro, Martínez Motiño nos recuerda que “si no se  sirve bien, no luce”.

Baltasar Gracián
Escritor (1601 – 1658)

  ¿Alguna vez te has parado a pensar cuál es el origen de la expresión “lo bueno, si breve, dos veces bueno” que tanto utilizamos en nuestra vida cotidiana?

Para encontrar el origen de este famoso dicho tan usado hoy en día debemos retroceder nada menos y nada más que hasta el siglo XVII (concretamente al año 1647), en el que el conocidísimo escritor del Siglo de Oro Baltasar Gracián publicó su no menos conocida obra literaria Oráculo manual y arte de prudencia; una recopilación de aforismos (sentencias breves y doctrinales que se proponen como regla en alguna ciencia o arte) cuya frase aparece reflejada en el párrafo 105, que precisamente trata sobre el hecho de no cansar.

Baltasar Gracián venía a decir en este párrafo que “suele ser pesado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisonjera, y más negociante. Gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aún lo malo, si poco, no tan malo”.  Y qué razón llevaba ya por aquel entonces.

¿Quién le iba a decir al propio Baltasar Gracián que cuatro siglos después seguiríamos utilizando su ya tan clásico – y breve – aforismo?

Jean Racine
Dramaturgo (1639 – 1699)

En 1658 el joven Racine llegó a París con apenas veinte años con el firme propósito de entregarse en cuerpo y alma a sus estudios de Filosofía. París vivía intensamente su “Grand Siècle”, repleto de pasiones y emociones que los filósofos intentaban describir y los artistas trataban de plasmar fielmente en todas las artes. En 1649, René Descartes trataba de dilucidar en su Tratado de las pasiones del alma, si los sentimientos moraban en el corazón o sólo se dejaban sentir en él y era en el alma donde moraban.
En este contexto, Racine, no sólo comenzó a frecuentar la compañía de escritores, como el fabulista Jean de la Fontaine, sino también los bulliciosos teatros parisinos en los que Corneille triunfaba con sus primeras tragedias. Los propósitos de su familia de verle convertido en un eminente teólogo no tardaron en resquebrajarse cuando con veintiún años Racine terminó su primera pieza teatral titulada Amasía. A pesar de que la obra fue rechazada por todas las compañías a las que se le ofreció, el joven Racine no se desanimó, ¿cómo iba a hacerlo? En los foros y cenáculos literarios no se hablaba de otra cosa que de éste o de aquel estudio sobre las pasiones humanas; en consecuencia Racine debía entender que el amor que venía experimentando por el teatro, debía ser una pasión provista de una fuerza fatal. En la obra de Racine, de entre todas las pasiones, la más universal y terrible por sus efectos es el amor. Es cruel e irresistible. Por amor se puede llegar incluso al sacrifico de renunciar a la persona amada. Proliferan las escenas en las que se plasma el sufrimiento de sus protagonistas donde la pasión irrumpe  como una fuerza fatal que destruye todo a su paso. En cualquier caso, el corazón o el alma de Racine no se equivocó: en 1665, después de algún que otro fracaso, Molière con su propia compañía, puso en escena,  Alejandro el Grande, tragedia escrita por el joven Racine con la que cosechó un rotundo éxito situándolo definitivamente como uno de los dramaturgos de la época a tener en cuenta. Posteriormente, su afán por revisar los argumentos de las tragedias griegas protagonizadas por Andrómaca (1667), Ifigenia (1674) o Fedra (1677), le situarán como referente del teatro femenino dominado por las pasiones.

                                                       

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