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La dignidad de los olvidados

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Delante de la naturaleza virgen, el hombre se encontró frente al caos de la creación, un mundo que se hizo independientemente de su voluntad y que ahora le tocaba habitar. En la Biblia, Adán dio nombre a las plantas y los animales. Los biólogos fueron ordenándolos en grupos y subgrupos; y el vivir juntos fue asignándoles respectivamente sus sitios en lo que se llamó más tarde, “sociedades organizadas”. Levi-Strauss, cuando estudió a los indígenas del Amazonas, se dio cuenta que este patrón se repetía de manera bastante sorprendente, que no era una particularidad del “hombre occidental”: donde no hay orden hay caos, y cualquier orden es superior al caos. Muchas veces, el error está en creer que este orden no es artificial y que por lo tanto, nuestro nombre y nuestro sitio en el mundo están determinados y nos determinan, como si fueran una fatalidad que cae sobre el hombre, y contra la cual no hay gran cosa que se pueda hacer.

Sin embargo, mucho antes de ese famoso “la existencia precede la esencia” de Jean-Paul Sartre, en la lejanía del siglo XVII español, un escritor de vocación tardía dio a entender a sus lectores que los hombres nacían iguales, que vivir sin libertad, no era vivir, y que eran las acciones y no la casta ni el nacimiento, que otorgaban la verdadera nobleza. En todas las obras de Cervantes se lee este amor por la gente pequeña y las pequeñas cosas, por las minorías acalladas y olvidadas : siguiendo la corriente picaresca, el autor desplazó el foco de atención y regaló el protagonismo de sus novelas y comedias a los que eran entonces meros figurantes de la “Historia”, desde el perro Cipión hasta el rey Sancho, pasando por el hidalgo Don Quijote y la ilustre fregona. Cada hombre, mujer o animal que pasó por su pluma nos siguen hablando y su palabra sigue siendo válida y escuchada. El propósito de Cervantes: demostrar que la virtud, el honor y el valor eran cualidades universales, que se hallaban en todos aquellos que quisiesen desarrollarlas, fuesen pobres o ricos, hombres o mujeres, humanos o animales.

No hay que confundir su visión con una idealización de todas estas pequeñas gentes: sus pastoras, por ejemplo, no son cómo las de Arcadia, no hablan en alejandrinos, ni hacen rimas mientras se mueren de amor o desamor; son pastoras, de las que se podían ver entonces en los caminos con sus rebaños, con su manera de hablar y con sus coloquialismos; no por ello son menos dignas para Cervantes, de un trato respetuoso. Alonso Quijano, el hombre detrás de Don Quijote, ve a todas las mujeres como doncellas, independientemente de su clase social o sus hábitos. Con su realismo mordaz, el Quijote reconcilió un cotidiano que había sido apartado de la historia, con la literatura y el arte, y en el proceso, les dio un sitio privilegiado que no habían conocido en su tiempo: les dio un sitio en la memoria orgánica que creó su literatura.

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A través de las situaciones cómicas que crean estos encuentros con los personajes de la realidad del Siglo de Oro, Cervantes hizo pasar mensajes que ponían en cuestión prejuicios, ordenes sociales y hasta decisiones reales : en El licenciado vidriera, el joven licenciado se cruza con un labrador que alardea de ser cristiano viejo. Este se está colando delante de otro labrador, cuyo linaje es menos “prestigioso”. “Esperad, Domingo, a que pase el Sábado”, le dice con ironía el licenciado. Con humor, sí, pero Cervantes da en un punto sensible de la historia de España: reduciendo estas diferencias de linaje, al orden de los días de la semana (el sábado, día santo para los judíos, el domingo para los católicos), y pidiéndole así al católico de pasar después del judío converso, el Licenciado da la vuelta a las jerarquías que predominaban. Al menos en las páginas de sus Novelas Ejemplares, Cervantes reequilibró las balanzas y rindió un pequeño homenaje a aquellos que en la realidad sufrían de discriminaciones y malos tratos.

De manera más clara aún, la segunda parte del Quijote, nos encontramos con Sancho con un antiguo vecino suyo, Ricote, uno de los miles de moriscos expulsados en 1609. Este último ha vuelto a buscar el tesoro que había dejado enterrado en las que habían sido sus tierras (era una leyenda bastante común: los moriscos habrían escondido sus riquezas en territorio español, para volver algún día a por ellas). Hasta ahí, se podría pensar que Cervantes sigue la corriente de su siglo, mostrando un morisco avaro, dispuesto a volver a la tierra de la que fue expulsado para recobrar su dinero. Sin embargo, cuando el morisco cuenta su historia, la comedia se deja a un lado y la crítica entra en escena. Cervantes, a través de Ricote, explica como en otros lugares de Europa, en Francia, en Italia, pero sobre todo en Alemania, se recibe mejor que en España, aquellas personas que creen de manera distinta : “Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia”. Más de un siglo antes de la redacción de los primeros Derechos del Hombre y del Ciudadano, un antiguo soldado, un recaudador de impuestos encarcelado varias veces, ya hacía hablar a sus personajes, del concepto que pararía guerras de religión y que aún hoy tendría que ser recordado y alabado. Hace de Ricote, esta victima de la intolerancia religiosa de los reyes católicos, el portavoz de valores nobles y universales, aliando lo cómico con lo trágico, lo trivial con lo trascendental.

Cervantes compuso grandes obras para transmitir grandes ideas: fue su manera de luchar para que la humanidad fuese siempre un poco más humana, como dijo Nuccio Ordine, y un poco menos bárbara. Lo hizo encarnando todo esto en un sinfín de pequeñas cosas, en la multitud de personas que la historia olvida, pero que habitaron, vivieron, y a veces, hasta sufrieron sus episodios. Dándoles voz, grabando sus palabras en las páginas inmortales de sus escritos, les dio una dignidad y una existencia, que siguen emocionando y conmoviendo a lectores y artistas, y que siguen guiándonos desde su individualidad, su particularidad donquijotesca, cuando es nuestra razón la que flaquea.

Texto de María Ridao, estudiante en Prácticas en el Festival de Teatro Clásico de Almagro

Fotos de Vivian Maier