MARZO

Día Mundial del Teatro

René Descartes 

Filósofo, matemático y físico
(Turena, 1596 – Suecia, 1650)

 

No fue el compositor ruso Nikolái Rimski – Kórsakov, creador del famoso interludio orquestal El vuelo del moscardón, el primero al que le sirvió de inspiración un insecto, ya que mucho antes, en el Barroco, Descartes descubrió una de sus mayores proezas gracias a una mosca.

Teniendo su vista perdida en el techo de la estancia fue una mosca a cruzarse en su mirada, lo que provocó que Descartes la siguiera con la vista durante un buen rato, mientras pensaba y se preguntaba si se podría determinar a cada instante la posición que tendría el insecto. Fue entonces como concluyó que si se conociese la distancia de dos superficies perpendiculares, en este caso la pared y el techo, se podría saber.

Mientras le daba vueltas a esta idea se levanto de la cama y agarrando un trozo de papel dibujó sobre él dos rectas perpendiculares: cualquier punto de la hoja quedaba determinado por su distancia a los dos ejes. A estas distancias las llamó coordenadas del punto: acababan de nacer las Coordenadas Cartesianas, y con ellas, la Geometría Analítica. Aunque Descartes todavía no lo sabía.

Más de tres siglos después de su nacimiento celebramos su llegada al mundo, sin la cual nos habríamos perdido los conocimientos de uno de los filósofos, matemáticos y físicos más trascendentes de todos los tiempos, considerado como el padre de la geometría analítica y de la física moderna, así como uno de los nombres más destacados de la revolución científica. Y todo gracias a una mosca.

La escalera de Teresa
Mística y escritora
(Ávila, 1515- Salamanca,1582)

 

Quinientos años después del nacimiento de Santa Teresa de Jesús la lengua parece seguir hecha pedazos. El misterio de la experiencia mística sigue siendo inefable primero para quienes acceden a ellos y después para todos los curiosos. Si los protagonistas no han sido capaces de explicar la experiencia mística, ¿cómo vamos  a hacerlo los demás? Esa unión directa y momentánea con Dios tal vez sólo pueda entenderse como una gran metáfora del amor.
Martin Puryear tituló su escultura Escalera para Booker T. Washington (Ladder for Booker T. Washington), después de terminarla en 1996. Igual que la escultura de Puryear, el legado del hombre cuyo nombre lleva la obra está abierto a la interpretación. Booker T. Washington fue un líder tan prominente como controvertido de la comunidad afroamericana. Nació esclavo en la región de Piedmont de Virginia, alrededor de 1856. A los veinticinco años, adquirió renombre como fundador y primer presidente del Instituto Tuskegee de Alabama. Tuskegee se convirtió en una institución exitosa y respetada. Sin embargo, su posición respecto al movimiento por los derechos civiles le valió severas críticas de otros líderes afroamericanos quienes lo acusaban de tener una posición sumisa. Teresa de Ávila, por su parte, no se sometió sino a los designios de Dios, quien en absoluto tenía un plan para ella según se extrae de su  trayectoria vital, llena de vicisitudes y atravesada por la enfermedad. Su empeño de vida retirada y su imposibilidad de llevarla a cabo en un monasterio con las puertas abiertas, donde moradoras entraban y salían sin restricciones y donde las vocaciones que entraban allí con deseo de retirarse del mundo acababan encontrando cien de mundos allí dentro. Esta circunstancia impulsó a Teresa de Ávila a fundar “casas de pocas monjas y con cerramiento” dando en ellas cobijo a una nueva forma de relacionarse con Dios como se habla a un igual con el que se convive.
Quinientos años después la historia muestra a Teresa de Ávila en el lugar plácido y elevado de la santidad, sin embargo, su ascenso a una vida más rica desde el punto de vista de la espiritualidad tuvo que alcanzarlo a través de una escalera que flotaba precariamente en lo inefable, con sinuosos e irregulares peldaños, algunos  hechos de trascendencia, otros de soledad, de peligro, de duda, de fe, de salvación y de dolor. A veces se llama desorden lo que es espíritu.

Antonio Vivaldi
Músico y Compositor
(Turena, 1596 – Suecia, 1650)

 

Aunque muy pocos lo saben, como realmente se le conoció en vida, hace ya más de tres siglos, fue como El Cura Rojo. ¿Que por qué? Porque Vivaldi era pelirrojo y cura. Además de asmático. Una enfermedad cuyos fuertes ataques le obligaron más de una vez a abandonar misa mientras la oficiaba.

Y finalmente a colgar los hábitos. Pero paradójicamente fue gracias a esa dolencia cuando Vivaldi consiguió un trabajo como director musical en una escuela para niñas huérfanas, iniciando así una pasión que fue cultivando hasta convertirse en el músico que conocemos.

Sin embargo, la censura y el olvido le persiguieron en vida. Uno de sus trabajos musicales más atrevidos, Arsilda regina di Ponto, fue en un principio censurado debido a un supuesto contenido lésbico, y otros muchos quedaron desterrados a la sombra. Aún así Vivaldi compuso más de quinientos conciertos, aparte de óperas y música sacra.

El Cura Rojo no pasó a ser conocido como Vivaldi hasta que los estudios de Bach en el siglo XIX fueron los primeros en oír sus composiciones gracias a las antiguas transcripciones de su coetáneo. Quizá si no hubiera sido por el asma y la admiración que Bach le profesó, hoy en día posiblemente no contaríamos con una obra maestra de la composición como es Le Quattro Stagioni. Y el mundo de la música sería una arte más incompleto. Más asmático.

                                                                

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