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Francisco de Pacheco, maestro de genios

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En 1613 llegó al estudio sevillano de Francisco de Pacheco un muchacho llamado Diego de Velázquez que, según su padre, tenía ambición y talento para la pintura. En aquella época los maestros no se dedicaban de manera única a instruir a sus pupilos, así que el artista trabajaba en los encargos de sus mecenas y, en el proceso, enseñaba a sus discípulos, a quienes se les encargaba poco a poco trabajar en algunas partes de la obra. Por ello, el trabajo artístico terminaba siendo más bien una especie de trabajo colectivo, en el que el maestro permitía a sus aprendices hacer partes más o menos importantes de la pintura a partir del grado de habilidad y sensibilidad mostrado.

Velázquez aprendió así, pintando para su maestro, la representación realista y analítica, el estudio de las expresiones y del carácter humano. Con su brillantez sedujo al maestro y a su hija Juana, con la que contrajo matrimonio, como era usual en los gremios profesionales. Tras esta anécdota, quedó escondido un escritor, pintor, teórico, figura capital del ambiente cultural sevillano… un personaje lleno de matices.

No sabemos si en su inconsciente Velázquez continuó pintando para su maestro cuando ya era pintor de cámara del rey de las Españas Felipe IV, lo que sí sabemos es que  el genio de Velázquez seguramente no hubiera sido el mismo sin las enseñanzas de su maestro Francisco de Pacheco.