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“IR CON HAMLET ES COMO IR AL GALOPE”

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“LA CONTEMPORANEIDAD LA APORTA EL ESPECTADOR”

#Hamlet  #Alfonso Zurro  #Teatro Clásico de Sevilla #Almagro38. Un cóctel atractivísimo que a nadie dejará indiferente. Un estreno absoluto que nos ilusiona y conmueve. A tres días de enfrentarse por primera vez al público, con el escenario habitado de espejos, con las varas en tierra, los técnicos entregados al montaje y en el telar martillazos que parecen, desde lejos, campanadas medievales… charlamos entre butacas vacías, con Alfonso Zurro, que ha versionado el texto y lo dirige. En la Antigua Universidad Renacentista el tiempo queda sostenido en el aire. Por eso nosotros charlamos en bajito y a la espera de que  un caballo negro atraviese el espacio, al galope y sin respiro. ¿Será o no será, HAMLET?

POR BEATRIZ BERGAMÍN

 

PREGUNTA. – ¿Porqué HAMLET aquí y ahora?

RESPUESTA.- Sobretodo porque la compañía Teatro Clásico de Sevilla, que ya tiene muchos años de trayectoria, y cuyo objetivo fundamental es recuperar a los clásicos en Andalucía, desde hace mucho tiempo siente la necesidad de enfrentarse a un Shakespeare y ofrecérselo a los espectadores.

P.- ¿Pero porqué HAMLET y no otro título?

R.- El título lo pensamos entre todos, ellos dicen que fui yo quien lo eligió, pero yo no lo me recuerdo (risas).

P.- ¿Cual es su mirada hacia este HAMLET? ¿Se trata de una versión “pura” o más bien transformada, de la pieza de Shakespeare?

R.- Es muy pura. He dejado intacto el eje central del conflicto, solo he quitado lo externo. Al principio me planteé hacer un HAMLET más personal, cosa que nos pasa siempre a los dramaturgos cuando encaramos a Shakespeare, porque es tan grandioso que en él cabe todo. Se habló mucho de este tema y finalmente se decidió hacer un HAMLET muy HAMLET. Ya que hacemos un Shakespeare por primera vez y somos una compañía de teatro clásico – pensamos –  hagámoslo: clásico. Contiene una mirada personal, lógicamente, pero es una versión muy pura.

P.- ¿Esa mirada personal entonces, dónde se refleja? ¿En la puesta en escena, en el espacio que se recrea, en el tema, de los muchos que contiene HAMLET, que usted decide iluminar?

R.- HAMLET tiene tantas líneas, tantas posibilidades… yo he dejado prácticamente todas, pero quizá me haya interesado más por el tema de la ambición por el poder, que tiene Hamlet. Fundamentalmente he volcado mi mirada personal, en encontrar con Pablo Gómez-Pando, un Hamlet verdadero, de hoy en día, para que el espectador lo sienta como un amigo, con sus contradicciones, emociones, sus cambios inesperados. Un Hamlet real, cercano, que empatice con el espectador. En eso he profundizado muchísimo.

P.- ¿Y cómo es este amigo Hamlet que usted y Pablo han descubierto?

R.- Es pasional y su cabeza va muy rápido. Ir con Hamlet es como ir al galope, no puedes detenerte, ni recrearte, y si lo haces todo resulta artificioso.

P.- ¿La naturalidad, la verdad, está en saber y querer acompañarlo en ese galope?

R.- Sí, sentir las palabras, los cambios de ánimo, las emociones…todo lo que va pasando a través de él tiene que traspasarse al público e ir pasándole al mismo tiempo a Hamlet y al espectador.

P.- Ser o no ser. ¿Desde dónde hacer esta gran pregunta?

R.- Yo creo que el soliloquio del ser o ser, como todos los de HAMLET, fueron incorporados al texto después de haber sido escrita toda la pieza, una vez terminada. Si los cambias de lugar siguen funcionando igual.

P.- ¿Como si fueran paréntesis?

R.- Exacto, como pensamientos del personaje que no tienen continuidad ni progresión dramática. Ese concretamente nosotros lo hemos situado después de la muerte de Claudio, con lo cual Hamlet lo dice desde la culpa, con remordimiento y también en la duda de tomar o no tomar la decisión de suicidarse, cosa que está en el texto. Ser o no ser: desaparecer o no desaparecer.

P.- Aparecer o ser, desaparecer o no ser…serían también conceptos que tienen que ver con la sociedad en la que vivimos, en la que nos exponemos y nos transparentamos a través de las redes y al mismo tiempo nos ocultamos, dejamos de relacionarnos con los otros pero todos los otros nos miran. ¿Algo de todo esto hay en su HAMLET, rodeado de espejos, encerrado y reflejado, al tiempo?

R.- Hemos hablado mucho de ese tema, Curt Allen Wilmer – diseñador de la escenografía y el vestuario- y yo, al plantear el espacio. Empezamos con la idea del encerramiento de Hamlet, de su sensación de poder vivir dentro de una cáscara de nuez y ser el rey del universo. Por eso quisimos crear un espacio cerrado y lleno de espejos, un mundo propio y personal en el que al mismo tiempo Hamlet está aprisionado y siendo observado, vigilado, controlado. Como ocurre hoy en día, con todas esas cámaras que nos miran. Por eso este espacio hermético y al tiempo abierto o expuesto y controlado.

P.- ¿Un HAMLET clásico encerrado en un mundo contemporáneo, o al contrario?

R.- Yo no creo que haya teatro clásico y teatro contemporáneo, creo que hay teatro, sin más. Creo que la contemporaneidad de los espectáculos siempre la aporta el público. Es el ojo del espectador, que mira desde su presente, quien aporta lo contemporáneo, porque quiera o no quiera, no puede escapar de relacionar lo que está viendo en escena, con recuerdos, emociones o vivencias propias, o hechos o sucesos cercanos. Para mí lo contemporáneo es el espectador.

P.- ¿Un espectador activo, es decir, creativo?

R.- Sí, que pueda imaginar. El espectador ha de ser creativo, no es necesario darle todo hecho ni explicarle nada, el espectador imagina palacios, castillos… donde no los hay, y hace por sí solo la relación entre el teatro y la vida. El teatro es un espacio para la imaginación.

P.- No es necesaria demasiada imaginación para relacionar temas que preocupan a Hamlet, como la ambición, la corrupción, el poder, la virtud… con nuestra actualidad, ¿no cree?

R.- Claro, la corrupción de la que habla Hamlet no puede ser más contemporánea. “En estos tiempos de corrupción, la virtud tiene que pedir perdón al vicio”, dice Hamlet. No hay duda que esto le va a llegar a cualquier español hoy en día. Para mí es muy importante que la historia quede bien contada. Siempre me ha preocupado, como dramaturgo y como director, el hecho de que pensemos tanto en nosotros mismos y no mucho en el espectador, por eso pongo empeño en que la historia llegue bien al espectador, a pesar de la complejidad del texto. Pero al mismo tiempo es necesario que conserve toda la belleza de la palabra. Y hacer este ejercicio a través de la verdad, en la interpretación, con las acciones y las emociones de los actores.

P.- ¿Es ésta su necesidad más poderosa, el objetivo con el que dirige HAMLET?

R.- Si, y es la misma necesidad que tiene Teatro Clásico de Sevilla: hacer un HAMLET hermoso, claro, limpio, para los espectadores, por ellos, para ellos, hacer un Shakespeare con toda la sinceridad del mundo, con toda la verdad y toda la belleza posible.

P.- ¿Qué placer ha descubierto o le ha sorprendido en este viaje al lado de Hamlet?

R.- Que nunca terminas de comprenderlo, que es caleidoscópico, complejo, que resulta inabarcable, y que por eso mismo se ha representado tantas veces y seguiremos representándolo, siempre. Que por eso mismo es maravilloso y atrapa, tanto al creador como al espectador.

P.- El misterio…

R.- El misterio y el cuento.

 

El dramaturgo y director Alfonso Zurro (Salamanca 1953) desde hace más de 20 vinculado profesionalmente a Sevilla, ha colaborado con Teatro Clásico de Sevilla, compañía fundada hace 12 años por Juan Montilla y Noelia Díez, en cuatro producciones anteriores, además de HAMLET, siendo la más reciente La estrella de Sevilla. Director de prestigio internacional, dramaturgo y profesor, cuenta con más de 40 puestas en escena, tanto de textos propios, como versiones o piezas de grandes autores.

foto 1 la Tempestad

Sobre la tempestad, una isla y el perdón…

foto 1 la Tempestad

¿Si tuvieras que irte o fueras desterrado a una isla desierta, qué llevarías contigo?

Un libro, una colchoneta inflable, un reloj, un paraguas, una linterna, un sombrero, un poema, una pistola… pero, ¿te has preguntado alguna vez cuáles son las cosas que no querrías llevarte? ¿Qué harías para no llevar contigo lo inevitable, lo desterrado, lo pasado, aquello que tanto deseas olvidar, aquello que está en ti y te conforma incluso a tu pesar? Todo tú eres lo inevitable. Hay un espacio en ti que ocupan tus sueños y otro espacio que ya ha sido invadido, te guste o no, por la tormenta y por el barro. Y hay en ti pedazos de pasado que gritan por ser desenterrados y hay fragmentos de ti en lo frágil y en lo delicado que no volverán jamás, aunque los llames. En ti está tu pasado y la esperanza, en ti el odio y la piedad, en ti el amor y el miedo, en ti la vida toda que te ocupa y por supuesto en ti: tus preguntas. Y el tiempo que te traspasa, tu tiempo, el que has gastado y el que está esperándote… o no. Tiempo circular que gira en ti, aquí y ahora, ayer, mañana o cuando escapes o cuando te escupan, de pronto y sin remedio, cuando caigas en esa inmensa isla que eres tú. Entonces, ¿qué harías? ¿Cómo escapar sin ti, si hay algo en ti que no te gusta, si no quieres llevarte… si hubiera algo en ti de lo que perdonarte o perdonarse?

Si no puedes llevarte lo tocable – que es casi siempre lo primero en lo que uno piensa  ante esa pregunta provocadora o absurda, sobre el poder o el querer largarse a una isla desierta y así desaparecerse -, ¿por qué no llevarse lo intangible? Lo imaginario, lo sobrenatural que hay en ti. Así hizo Próspero, que para escapar del dolor humano, de la traición de un hermano, decidió aprender lo mágico y hacerse dueño de una corte invisible de espíritus intocables.

¿Qué harías tú, para abordar tu nueva y corta o larga vida en esa isla desierta, en esa hermosísima y triste isla que eres tú mismo traicionado, abandonado, desterrado, solo de ti mismo y solo de tu soledad acompañado, pero además, encerrado en un círculo?

Círculo de la vida, tiempo en círculo que no empieza ni termina jamás. Círculo que somos todos y que en el círculo – circo–   del teatro, se acrecienta, al concebirse espacialmente como lo hizo Shakespeare en The Globe. Círculo construido de la materia de los sueños de los que parte Shakespeare en El sueño de una noche de verano y a los que regresa en La Tempestad. Extraordinaria pero humana tempestad que bullía en su miedo y afloraba a su palabra, que pobló su teatro isabelino y lo llenó de sangre en Othelo, en Macbeth…Y que al final de su vida –vida rota el mismo año en que terminaba la vida de Cervantes–  se transforma en tempestad prodigiosa y mágica o antinatural. Tempestad que ante la muerte enciende su profunda verdad y la libera, la despoja de sangre y la inunda de sueño, y prende su palabra hacia luz. Teatro que no aprende por arte de magia, sino por arte del hombre, del poeta, y por entregarse al arrojo de quedarse solo, o casi, dentro de esa isla que somos todos inevitablemente, todos y cada uno de nosotros, solos con nuestra culpa, solos ante el amor, ante la muerte, ante el destino y ante la decisión, o no, de ser feliz.

Shakespeare, como hace Próspero, primero se enfurece para luego poder ensimismarse, primero provoca la tormenta para luego reflexionar desde la calma y durante la calma, sobre el tiempo, la traición, el miedo, el dolor, el odio, la verdad y la nada. El mago, como Shakespeare, abandona la magia, abandona el teatro, para encontrarse a sí mismo en lo natural. Se adentra en el hombre más todavía de lo que ya lo había hecho  –y lo había hecho extraordinariamente –. Para hablar del hombre primero lo hace mago y sólo cuando lo despoja de la magia, de lo sobrenatural, cuando lo naturaliza, lo hace humano y además le otorga el sabio poder – cristiano y humano poder – de saber perdonar y perdonarse. Próspero perdona, pero no sólo a los que trastocaron su destino, se perdona a sí mismo, y en esa capacidad humana de transparencia, regresa al sueño de la vida, regresa al niño, atraviesa el círculo y lo cierra y solo entonces su tempestad, reposa.

El Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro en su 38 Edición, se ha inundado de colores gracias a La Tempestad de Cía. Voadora con dirección de María Pazos. Intensa, física, plástica, musical, atípica, valiente tempestad concebida desde la alegría y con la potencia de un oleaje gallego y universal, impregnado de penetrante amor y como no, de traiciones encarnizadas.

Beatriz Bergamín