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VIAJAR EN EL TIEMPO

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Se agota el año y la 37 Edición de Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro oficialmente llega a su fin. Con las convocatorias de la 38 edición ya abiertas, trabajamos con la mirada puesta en el verano que viene y, a la vez, como viajeros en el tiempo un poco desorientados, nos trasladamos al camino de Osuna junto al caballero, a la Sevilla burlada de Tirso de Molina o a los laberintos de amor de Sor Juana. En fin, gajes de este oficio que viene a mostrarnos que efectivamente, el tiempo es relativo. El dispositivo más eficiente para viajar en el tiempo sigue siendo la butaca del teatro. Gracias a los directores de escena, una buena representación teatral de un texto clásico nos ofrece una experiencia muy alejada de una visita arqueológica a nuestro pasado. Nos ofrece una lente desde la que nos instan a no perder de vista la actualidad. Eso sí que es un oficio. Por mucho que lo publiquen en los boletines oficiales, si nuestros autores clásicos nos siguen planteando conflictos no resueltos, si sus personajes sufren ante nuestros ojos heridas idénticas a las nuestras, el teatro no puede catalogarse como un mero entretenimiento.

 

En ocasiones para viajar en el tiempo, no hace falta dispositivo ni artilugio ninguno, simplemente es necesario ver escritas palabras evocadoras de otros tiempos como “miriñaque”, “alojero” o… “mecenazgo”. En el caso de ésta última el diálogo que se establece entre pasado, presente y el futuro de las artes escénicas es indiscutible. Las complejas relaciones que a principios del siglo XVI se establecieron entre los mecenas y los poetas dramáticos que se afanaban por ganarse sus favores, no tardaron en dar un giro cuando el teatro abandonó los palacios para salir a las calles y a los corrales de comedias. Según algunos historiadores, la literatura del siglo XVII tiene como límite trágico para el escritor el mecenazgo, como en otros tiempos lo ha sido la sumisión a la censura. Más de cuatro siglos después, en el ecuador de esta década son los recortes presupuestarios en las artes y la cultura los que suponen un límite trágico y desolador. ¡Vaya oficio éste!

Con ley o sin ley de Mecenazgo, y aún con recortes, cualquier empresa o persona física puede y debe contribuir a acercar las artes y la cultura a los demás, especialmente a los más pequeños. En ellos debemos encender el motor de la curiosidad para comprender otras realidades, para empatizar con los sentimientos de los demás, para identificarse con el otro y, sobre todo, para no privarles de la experiencia de sentarse en una butaca de teatro y viajar en el tiempo.

 

Elena Mª Sánchez

 

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