El color de los clásicos
Quisiera transmitirles una carta que llegó al Festival y, que motivó el lema de este año.
“Me levanté muy temprano, quería aprovechar la mañana. Por el sueño pegado a los párpados no me di cuenta. Cuando me metí en la ducha, por el sueño acumulado a las bolsas de los ojos no me fijé. Salí a la calle de manera precipitada y me planté en el café, leí el periódico pero no reparé. Sentí algo extraordinario sin saber a qué se debía, era un profundo lamento que se iba incrustando en cada unos de mis músculos y tendones, que parecía correr por mis venas cristalizándome las articulaciones. Intenté disipar esta desazón con gestos mecánicos, contando los pasos mirando el suelo.
Me tuve que parar ya que el lamento se hacía cada vez más sonoro; parecía que se me iba estirando el cuerpo casi como un estallido, entonces alcé la vista… ante mi estupor comprobé que la vida no tenía color, que las casas no tenían color, las tiendas, los carteles, las señales, los coches, nada tenía color ¿cómo podía ser? Mis brazos, mi cara, la piel y los rostros de los demás, sus ropas, las mías, todo era una especie de gris sin matices, opaco, turbio. ¡Qué espanto! ¡Qué miedo! Empecé a vagar por las calles, los edificios y las personas se empastaban, unidos por la grisitud, miradas perdidas, vacías, sin rumbo, sin motivación….
Sin saber cómo, a la vuelta de la esquina sonaron unos acordes y voces armónicas, venían de abajo como de las profundidades de la tierra. Descendí las escaleras, estaba todo muy oscuro pero la fuerza de las voces y sonidos me guiaban a lo más profundo. Sentí un alivio que luchaba ferozmente contra el lamento, mi cuerpo se sacudía solo, seguía descendiendo cada vez más rápido, mis piernas iban solas propulsadas sin control. Entonces llegué y descubrí una enorme cueva repleta de luz. Fue tanto el esplendor que tuve que cerrar los párpados unos segundos, entonces escuché las voces y los sonidos, hablaban de amor, decían en verso, las cuerdas de una viola de gamba acompañaban el hermoso diálogo. Se amaban, se querían se deseaban pero no podían estar juntos por cuestiones de poder, de honor…. Sentí que mi cuerpo empezó a revivir, se llenó de luz por dentro, sí, por dentro y lo sentí. Entonces abrí los párpados y el estallido de color de unos trajes que llevaban los actores embebidos en su realidad me golpeó como el mar de madrugada, como el olor de la hierba recién llovida, como las tostadas de mi abuela, sí, como la luna llena en la montaña. ¡El teatro me devolvió la vida, me entregó el color, me atrapó con su luz!
Le escribo esto porque fue así como sucedió, porque necesito de los colores del Teatro para vivir, porque sin arte no hay luz, se me va la vida. No soy el único, sin darnos cuenta lo necesitamos todos, necesitamos de cuentos de leyendas de asombro, para entendernos para comunicarnos para mejorar o, al menos, para intentarlo. El Color de los Clásicos es imprescindible para caminar con esperanza, sonrisas y llanto.”
El deseo de conmovernos, de regodearnos y de divertirnos con el Color de los Clásicos es nuestra apuesta, nuestro empeño y esfuerzo. Abrimos apasionados los escenarios de Almagro, deseando que disfruten con la paleta de colores y con cada unas de sus gamas y matices de la 36 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro.
PD: El Teatro es equipo, es ilusión, es diálogo, es atrevimiento….por todo ello, aplaudo a cada una de las personas que conforman el equipo del Festival y les doy las gracias de corazón. NM
Natalia Menéndez
Directora del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro
