Espacio

Corral de Comedias

Fechas

02 julio
20.30h

Duración

60 min.

Audiencia:

Mirar con atención es una de nuestras máximas aspiraciones en nuestro Festival. Hacerlo con tiempo y con la curiosidad de ir más allá.
Mirar a Pepe Viyuela es reconocer un rostro popular, conocido, cercano. Alguien que nos ha acompañado durante años desde el teatro, el cine y la televisión. Pero basta con detener la mirada un instante para descubrir que en él hay mucho más, algo que no siempre se ve a primera vista y que, sin embargo, sostiene todo lo demás.
Pepe Viyuela es, ante todo, un hombre de teatro. Licenciado en Filosofía y en Arte Dramático, ha sabido recorrer registros muy distintos sin perder nunca una forma propia de estar en escena, una manera de escuchar, de decir, de hacer que la palabra llegue con claridad. A lo largo de su trayectoria ha formado parte de montajes como La fundación de Antonio Buero Vallejo, El retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte de Valle-Inclán, Rinoceronte de Ionesco, El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, Miles Gloriosus de Plauto, Las ranas de Aristófanes, Metamorfosis de Kafka, Esperando a Godot de Beckett o Tartufo de Molière. Y en muchos de ellos ha dejado una huella reconocible, como ocurre con su Catalinón, su Guitón Onofre —ese pícaro rescatado del olvido— o su querido Rebolledo de El alcalde de Zalamea. Un vínculo profundo con el teatro clásico al que siempre vuelve.
Pero hay algo anterior a todo eso, algo que atraviesa su trayectoria. Pepe Viyuela es payaso. Lleva más de treinta años subiéndose a ese lugar frágil donde el equilibrio nunca está garantizado. En 1992, junto a su compañera y actriz Elena González, funda la compañía El Vodevil, desde la que impulsa, crea y produce sus propios espectáculos. De ese impulso nace Encerrona, una pieza de clown que, tres décadas después, sigue recorriendo el país y encontrando nuevos públicos. El circo es, como ha escrito, un sueño común nacido de la vulnerabilidad, una forma de asomarse a aquello que no siempre puede explicarse con palabras. Quizá por eso en su trabajo siempre aparece esa mezcla de precisión y riesgo, de ligereza y hondura, como quien avanza sabiendo que en cualquier momento puede caer y, aun así, decide seguir.
Esa misma mirada atraviesa su escritura. Porque Pepe Viyuela también es poeta. En sus poemarios —Y amarte sin saber (Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro), Las letras de tu nombre, La luz en la memoria y Silenciario— hay una búsqueda constante por encontrar la palabra justa que permita dar nombre a lo que pasa. La busca, como él mismo escribe, “a todas horas, a tientas, sin descanso”, con la intuición de que algo se pierde si no logra decirlo. Y, al mismo tiempo, sus versos se sostienen en una forma de espera, en una atención abierta a lo que llega, “soy un hombre a la espera de tu risa”. Entre esa búsqueda y esa espera se mueve su poesía, entre el amor, la memoria y la pérdida. Hay algo que no termina de atravesar la voz y por eso el silencio aparece como un lugar desde el que las palabras nacen y al que siempre regresan, quedándose cerca de lo que importa.
Y, junto a todo eso, hay una forma de estar en el mundo que no se puede separar de su trabajo. Durante años ha formado parte de Payasos Sin Fronteras, un proyecto nacido casi como un impulso, como una intuición compartida entre artistas que entendieron que la risa podía ser necesaria en los lugares más difíciles. Desde entonces, han sido muchos los viajes, muchos los escenarios improvisados, muchas las manos tendidas. “La risa como canto de paz y resiliencia”, escriben. Y en esa idea cabe todo. Porque cuando la realidad se vuelve oscura, cuando parece que no hay lugar para nada más, una carcajada puede abrir un espacio profundamente humano.
Pepe Viyuela ha hecho de ese gesto una forma de vida. No hay distancia entre lo que hace y lo que es. Actor, payaso, poeta. Tres maneras de nombrar una misma vocación: estar cerca, mirar con atención, vivir la fragilidad sin miedo.
Y también desde ese lugar íntimo aparece el hombre sencillo que celebra lo cotidiano. Sus hijos, Camila y Samuel, han seguido el camino de la interpretación. Y quienes le conocen saben que es difícil compartir un rato con él sin que aparezca, con alegría, la última ocurrencia de su nieta Lola.
Por todo ello, otorgarle el Premio Corral de Comedias en esta edición del Festival de Almagro es una infinita alegría. No solo por lo que ha hecho a lo largo de su trayectoria, que es mucho, sino por cómo lo ha hecho. Por la coherencia, por la honestidad, por esa manera de habitar el escenario —y el mundo— que deja siempre un lugar para los demás.
Hay algo que se siente cuando Pepe Viyuela está cerca. Una sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer. Como si, de pronto, todo encontrara su sitio.
Y quizá sea eso.
Que estar donde está Pepe Viyuela es, sencillamente, estar en el lugar correcto.